Son las tres.

Una hora que me recuerda otras horas.

Pasó el tren y quedó en silencio.

No tengo ganas de esperar el amanecer.

No quiero la claridad de la luz porque con ella veo

lo que ya no está.

Son las tres y cinco.

Una brisa fresca entra por la ventana entreabierta.

Mis ojos cansados se niegan a cerrarse en un sueño.

No quiero dormir. Me gusta poder recordar sin dolor.

Me acompañan algunos recuerdos y amables realidades.

Todos ellos más que generosos conmigo.

Mis recuerdos y mi presente.

Me incomoda no poder confrontar mi realidad.

Antes, si hubo un antes, solia hacerlo y me daba por  entero.

Brutalmente.

Hombre y bestia irracional.  Las dos cosas.

Si existió un antes, fué mejor que el después.

Y si no existió ese antes, me felicito de mí preciosa imaginación.

De ser así, fué un sueño tan grato que me dan ganas

de salir a predicarlo.

De decirle a los que no lo conocen que el amor es

dolorosamente magnífico.

No importa tanto si fué un hecho cierto o un delirio.

Con los milagros uno nunca sabe a que atenerse.

Son las tres y diez.

El tren ya ha pasado y es pasado.

El Jefe de la Estación anuncia en borrosas pizarras

que aparecen y desaparecen

que ese tren no volverá a  pasar jamás.

Pero pasó tantas veces haciendo sonar su bocina

impertinente y triunfal

que aún puedo verlo al duende loco de Joaquín alejarse

entre los chirridos metálicos de las vías

con esa risa socarrona y cómplice de único testigo fantasmal!

Chau Joaquín!... viejo dueño de los tiempos y las horas.

Maquinista de un tren imaginario en el más lindo de mis sueños.

Andarás seguramente marcando otros tiempos en otros

sueños ajenos.

Ruidoso arlequin de las madrugadas.

Gracias por haberme regalado esos momentos de tu

vida de duende loco y trasnochado.

Son las tres y diez, y ella  ya no está...

Será seguramente protagonista de otro sueño.

Te pido un último favor, querido amigo

Usa tus poderes de duende y vuela hasta donde ella descansa

en este mismo instante.

Y, sin despertarla (nunca despiertes a un sueño),

déjale mi corazón sobre la almohada.

Al fin y al cabo, se lo ganó cabalmente.

Cuídala Joaquín.  Cuídala mucho.

No quiero que amanezca.

Soy feliz con su recuerdo y no necesito del sol.

Carlos Bugarin

1999